POT

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Por: Germán Vargas Lleras

Más de 10 años completa Bogotá sin su Plan de Ordenamiento Territorial. Ni Petro ni Peñalosa consiguieron aprobarlo porque convirtieron este vital instrumento en un campo de batalla para imponer a la brava su particular visión, por cierto bastante ideologizada, de la ciudad y la vida urbana. Podríamos ahora estar frente a una situación similar con un nuevo proyecto que plantea serios interrogantes sobre aspectos cruciales de nuestro futuro desarrollo y que la alcaldesa López quiere también imponer, desoyendo las fundadas preocupaciones de múltiples sectores de la ciudad.

Comienzo por advertir que hay muchos aspectos del POT que me atraen. Mis preocupaciones principales frente al proyecto giran en torno a la construcción de viviendas, a la gestión del suelo, a la movilidad, a la competitividad y a nuestras relaciones con la región.

En cuanto a la vivienda, el POT plantea la construcción de 589.000 unidades formales en 12 años, meta no solo insuficiente sino imposible de cumplir con las mismas restricciones que impone el proyecto de acuerdo. De todos los estudios y proyecciones del Dane se estima que se requerirán en este periodo más de un millón de unidades, con lo cual la mitad de los nuevos hogares no encontrará solución de vivienda en la ciudad. Esas viviendas, por supuesto, terminarán construyéndose pero por la vía de invasiones en zonas de peligro o ambientalmente protegidas y de la mano de los llamados urbanizadores piratas o, lo que es más probable, en los municipios vecinos.

Por el lado de la movilidad, la situación es igual de preocupante. Según el estudio de INRIX, Bogotá tiene el peor tráfico vehicular del mundo. Perdemos más de 191 horas al año atrapados en trancones. Francamente es imposible movilizarse en Bogotá y ni qué decir de entrar o salir de la ciudad. Pero en vez de proponer soluciones, este POT nos hará retroceder. Comencemos por preguntarnos por los grandes proyectos. ¿En qué va la primera línea del metro? ¿Ya presenta retrasos? ¿Y la segunda? Por ahora solo una idea. Del tren de cercanías no se ha puesto el primer ladrillo y del tren norte, ni hablar. Con esta cruda realidad, cómo explicar que el nuevo POT plantee reducir o eliminar las pocas alternativas que tiene o que había planificado la ciudad. Comienza por eliminar la ALO norte y toda la malla arterial de la calle 80 hacia el norte. También reduce carriles disponibles en la autopista, que pasa de 5 a 4, por sentido, y lo mismo en la av. de las Américas, la Ciudad de Cali y la avenida El Dorado. En otras, como la calle 63, la avenida 68, la Primero de Mayo se reducen a la mitad los carriles y otras, como La Esperanza, la 50, la 19, quedarán con apenas un carril por sentido. ¿Quién entiende esto? Y siguen sin aprobarse los proyectos de entradas y salidas de Bogotá: ALO Sur y ALO Centro, calle 13, Autonorte tramo Bogotá, conexión con el valle de Sopo y av. Boyacá hacia el norte.

En cuanto al suelo, el POT dispone, como ya advertí, nuevas áreas de expansión totalmente insuficientes frente a las necesidades, e impone unas cargas excesivas que harán inviables los proyectos de desarrollo, comenzando por los propios de la renovación urbana esperada. Al imponer la mezcla de actividades industriales, comerciales y de servicios con las residencias se pueden no solo destruir muchos barrios sino impactar la seguridad y la tranquilidad de los ciudadanos.

Solo los tres temas mencionados tendrán un impacto muy significativo en la ya muy baja competitividad de la ciudad. Expertos afirman que muchas empresas podrán optar por relocalizarse fuera de la ciudad, con la consiguiente pérdida en generación de empleos y crecimiento. Pero lo que me parece más contradictorio es un POT que aísla la ciudad de la sabana y los municipios vecinos y que va en franca contravía de los anuncios y proyectos como el de la propia ciudad región.

Equivocarse en la decisión más importante que tomará la ciudad para los próximos 12 años tendrá consecuencias irreversibles. Por ello, los bogotanos debemos exigir que Concejo y alcaldesa busquen, a través del nuevo POT, resolver los grandes desafíos de la ciudad y que este acuerdo se convierta en instrumento de progreso y convivencia, y no para eternizar rivalidades políticas y personales.

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